Por qué una consagración
En la primavera de 1804, Bonaparte llevaba dos años como cónsul vitalicio y había estado a punto de morir más de una vez. A comienzos de año, la policía desbarató el complot de Cadoudal, un jefe chuan llegado de Inglaterra para asesinarlo. En la noche del 20 al 21 de marzo, el duque de Enghien, príncipe de la casa de Borbón secuestrado en territorio alemán, fue juzgado y fusilado en Vincennes. En torno al primer cónsul se sacó la lección: mientras el régimen descansara sobre un solo hombre, bastaba una bala para derribarlo. Hacer hereditario el poder era quitar a los conspiradores la esperanza de un vacío.
El 18 de mayo de 1804, un senadoconsulto proclamó a Napoleón Bonaparte «emperador de los franceses». Un plebiscito ratificó la herencia de la dignidad imperial por 3 572 329 votos a favor y 2569 en contra. Pero a Napoleón el voto no le bastaba. Los reyes de Francia eran consagrados en Reims, y los soberanos de Europa seguían viendo en él a un general afortunado. Quería una consagración religiosa que situara a su familia al nivel de las viejas dinastías. El Concordato firmado con Roma en 1801 la hacía posible. Reims quedó descartada, demasiado ligada a los Borbones; la ceremonia se celebraría en Notre-Dame de París. Y sería el papa quien vendría, cuando Carlomagno había ido a Roma a hacerse coronar en el año 800.
Traer al papa
Pío VII dudó mucho tiempo. Viajar a París para consagrar al hombre que unos meses antes había hecho ejecutar a un Borbón no era nada evidente para el jefe de la Iglesia. Pero esperaba obtener concesiones a cambio, sobre todo la retirada de los Artículos Orgánicos que el gobierno francés había añadido al Concordato sin el acuerdo de Roma. No obtuvo nada. Salió de Roma a principios de noviembre y atravesó Francia con el invierno ya encima.
El 25 de noviembre, Napoleón organizó un encuentro «fortuito» en el bosque de Fontainebleau. El Emperador, vestido de caza, llegó a caballo justo cuando pasaba el carruaje del papa: la aparente casualidad evitaba las cuestiones de precedencia que habría planteado una recepción en regla. Los dos hombres siguieron juntos hasta el palacio y luego hasta París, donde el papa se instaló en las Tullerías el 28 de noviembre. Para sorpresa de Napoleón, los parisinos acudían en masa a verlo y a recibir su bendición.
Quedaba una dificultad, que la propia Josefina reveló al papa: su matrimonio con Napoleón, en 1796, había sido solo civil. Para la Iglesia, la pareja no estaba casada, y Pío VII se negó a consagrar una unión que no reconocía. La víspera de la consagración, el 1 de diciembre, el cardenal Fesch, tío del Emperador, bendijo el matrimonio religioso en las Tullerías, casi en secreto. Josefina guardó un certificado. Cinco años más tarde, en el momento del divorcio, se alegarían las irregularidades de aquella ceremonia para anularla.
Una fiesta por inventar
No existía ningún modelo para consagrar a un emperador de los franceses. El ceremonial, preparado durante meses, mezclaba el antiguo ritual real, préstamos de la Roma imperial y de Carlomagno y elementos heredados de la Revolución. El pintor Jean-Baptiste Isabey diseñó los trajes, y los arquitectos Percier y Fontaine transformaron Notre-Dame, dañada durante la Revolución: se instalaron tribunas, se colgaron tapices, se cubrió la piedra gótica, que entonces se consideraba anticuada, con decorados de cartón que imitaban el mármol, y se levantó un pórtico neogótico ante la fachada. La música se encargó a Jean-François Le Sueur y a Giovanni Paisiello.
Casi todas las insignias reales habían sido fundidas durante la Revolución. Se recuperó el cetro de Carlos V, que había sobrevivido, y el orfebre Martin-Guillaume Biennais fabricó el resto: una corona bautizada como «corona de Carlomagno», una mano de justicia y, para el propio Emperador, una corona de laurel de oro a la manera de los Césares. Pesaba tanto que Napoleón hizo quitar seis hojas; hoy se conservan dos, una de ellas expuesta en Fontainebleau. En lugar de la flor de lis, la nueva dinastía adoptó la abeja, en recuerdo de las abejas de oro halladas en 1653 en la tumba de Childerico, padre de Clodoveo, y el águila, emblema de los emperadores.
El 2 de diciembre
El domingo 2 de diciembre de 1804 hacía un frío glacial. Muchos invitados esperaban en la catedral desde el amanecer. El embajador de la República Bátava escribió a su esposa que «incluso los hombres ya no podían aguantar», y compadecía a las damas, a quienes el ceremonial prohibía cubrirse con un chal. El cortejo del papa salió de las Tullerías a las nueve y entró en Notre-Dame hacia las diez y media. Después se puso en marcha el del Emperador, veinticinco carruajes escoltados por la caballería. Napoleón pasó por el arzobispado para vestirse con el gran traje. Madame de Rémusat, dama de palacio de Josefina, lo vio entonces: «Su pequeña estatura se perdía bajo su enorme manto de armiño. Una sencilla corona de laurel ceñía su cabeza; parecía una medalla antigua».
La ceremonia duró casi cinco horas. El papa realizó las unciones y bendijo una a una las insignias, que se entregaban al Emperador: el anillo, la espada, el manto, la mano de justicia, el cetro. Llegó el momento de la coronación. Napoleón tomó él mismo la corona del altar y se la puso en la cabeza, y después coronó a Josefina, arrodillada ante él. El gesto, presentado a menudo como una improvisación que habría humillado al papa, se había acordado de antemano: según Madame de Rémusat, se había convenido que «el emperador se coronaría a sí mismo y que el papa daría solo su bendición». Aun así, decía lo esencial: Napoleón no debía su corona a nadie. El papa, anotó la misma testigo, «tuvo siempre un poco el aire de una víctima resignada, pero noblemente resignada».
Los soberanos subieron después a un gran trono levantado en la nave. Pío VII los bendijo y entonó el Vivat imperator in aeternum. Luego Napoleón, con la mano sobre el Evangelio, pronunció el juramento previsto por la Constitución. En él juraba, entre otras cosas, «respetar y hacer respetar la igualdad de derechos, la libertad política y civil y la irrevocabilidad de las ventas de bienes nacionales». En una catedral, ante los obispos, el Emperador prometía conservar las conquistas de la Revolución. La tradición cuenta que, en medio de los preparativos, le susurró a su hermano José: «¡Si nuestro padre nos viera!».
Un cuadro que sustituyó a la jornada
Napoleón encargó a David, su primer pintor, cuatro grandes lienzos sobre las fiestas de la consagración; solo se pintaron dos. Para La consagración, David se instaló en una antigua capilla cerca de la Sorbona y trabajó en ella desde diciembre de 1805 hasta finales de 1807. El lienzo, de casi diez metros de ancho por más de seis de alto, reúne cerca de doscientos personajes, casi todos reconocibles. Se expuso en el Salón de 1808.
David había esbozado primero al Emperador coronándose a sí mismo. Al final pintó el momento siguiente, la coronación de Josefina, en el que Napoleón parece más generoso que orgulloso. Se tomó otras libertades. Letizia Bonaparte, la madre de Napoleón, preside desde una tribuna, aunque se había quedado en Roma, disgustada por el trato dado a su hijo Luciano. El papa, representado al principio con las manos sobre las rodillas, alza una para bendecir; el Emperador, según se cuenta, no lo había hecho venir desde tan lejos para que no hiciera nada. David pintó más tarde una réplica, terminada en el exilio en Bruselas en 1822 y hoy en Versalles. Y es esta imagen, mucho más que los relatos de los testigos, la que ha fijado para la posteridad el recuerdo del 2 de diciembre.
Las águilas y después la corona de hierro
Tres días después de la consagración, el 5 de diciembre, en el Campo de Marte, Napoleón entregó a cada regimiento una bandera coronada por un águila de bronce dorado. Bajo la lluvia, los oficiales juraron defender esas águilas hasta la muerte. La consagración tenía su contrapartida militar: el Imperio descansaba sobre la Iglesia y sobre el ejército. David sacó de ella su segundo gran lienzo, La distribución de las águilas, terminado en 1810. Entretanto, Napoleón se había divorciado: Josefina, que figuraba junto a él, fue borrada del cuadro.
Cuando la República Italiana se convirtió en reino, Napoleón se hizo coronar también allí. El 26 de mayo de 1805, en la catedral de Milán, se puso la corona de hierro de los antiguos reyes lombardos pronunciando, según la tradición, la fórmula ligada a ella: «Dios me la da; ¡ay de quien la toque!».
Lo que quería decir la consagración
La consagración fue ante todo una síntesis. Tomaba prestados elementos del ritual de los reyes de Francia, de los emperadores romanos y de Carlomagno, y hacía jurar la Revolución en una catedral. Napoleón quería tranquilizar a los antiguos revolucionarios, que veían volver una corte, títulos y una etiqueta, garantizándoles la igualdad civil y los bienes nacionales; y quería ganarse a los católicos y a los monárquicos moderados convenciéndolos de que el nuevo soberano era un monarca como los demás, bendecido por la Iglesia.
El retrato que Ingres expuso en el Salón de 1806 llevó esa ambición hasta la extrañeza. El Emperador aparece de frente en el trono, inmóvil como un icono, coronado de laurel de oro, con el cetro de Carlos V en una mano y la mano de justicia en la otra, la espada al costado, el collar de la Legión de Honor sobre el armiño sembrado de abejas y un águila imperial tejida en la alfombra a sus pies. Todos los signos de la consagración están reunidos en un mismo lienzo. La crítica lo encontró frío y arcaico, casi «gótico». Sin embargo, dice exactamente lo que el 2 de diciembre había querido mostrar: un poder nacido de la Revolución, revestido de toda la majestad de los siglos.
No todos quedaron convencidos. Muchos republicanos vieron en ella una traición. Según su alumno Ferdinand Ries, Beethoven, al enterarse en primavera de la proclamación del Imperio, habría tachado con rabia el nombre de Bonaparte en la portada de su tercera sinfonía. Los realistas, por su parte, se burlaban de un usurpador disfrazado de rey. En Londres, el caricaturista James Gillray publicó el 1 de enero de 1805 su propia versión del cortejo: tres princesas de la familia convertidas en «Gracias imperiales», Talleyrand cargando con la genealogía del Emperador, el papa conducido por el cardenal Fesch y los soberanos del continente reducidos a llevar la cola del nuevo amo.
De la jornada en sí no queda casi nada. La decoración de Notre-Dame ha desaparecido, y el coro de la época fue desmontado durante la restauración de Viollet-le-Duc, a mediados del siglo XIX. Los trajes y las insignias propias del Emperador fueron destruidos durante la Restauración. La llamada corona de Carlomagno, en cambio, se conserva en el Louvre; ironía de la historia, sirvió en 1825 en la consagración de Carlos X, el último rey consagrado en Reims. Cinco de los carruajes del cortejo se exponen en Versalles, en la galería de las Carrozas. Y queda el cuadro de David, ante el que se detienen cada día miles de visitantes del Louvre, y que dice sin duda mejor que nada lo que Napoleón esperaba de aquella jornada.
Para saber más
- José Cabanis, Le Sacre de Napoléon, 2 décembre 1804, Gallimard, 1970.
- Thierry Lentz (dir.), Le Sacre de Napoléon, Nouveau Monde, 2003.
- David Chanteranne, Le Sacre de Napoléon, Tallandier, 2004.
- Frédéric Masson, Le Sacre et le couronnement de Napoléon, 1908.
- Una testigo: Claire de Rémusat, Mémoires, publicadas en 1880.