El 19 de febrero de 1800 el Primer cónsul dejó el Luxemburgo por las Tullerías. El gesto era calculado: se instalaba en el palacio de los reyes, vacío desde el 10 de agosto de 1792 y mancillado por la insurrección. A Bourrienne, que lo acompañaba, le habría dicho que no basta con haber entrado, hay que quedarse. El palacio fue limpiado, amueblado de nuevo, repintado; las huellas revolucionarias desaparecieron.
Durante catorce años todo pasó por allí. El gabinete de trabajo donde dictaba a Méneval hasta media noche; la sala del Consejo de Estado donde se discutían los artículos del Código civil; la galería de Diana para las recepciones; la etiqueta redactada por Ségur, tomada de Versalles y abreviada. El poder imperial tenía una dirección, y era esa.
El 20 de marzo de 1811 nació allí el rey de Roma, tras un parto difícil en el que Napoleón ordenó salvar a la madre antes que al hijo. Ciento un cañonazos lo anunciaron; a partir del vigesimosegundo, París supo que era un varón y que la dinastía se sostenía. El 20 de marzo de 1815, en la misma fecha, volvió de los Cien Días y la multitud lo llevó en volandas por la escalera hasta sus aposentos.
El palacio no sobrevivió al siglo. La Comuna lo incendió en mayo de 1871; las ruinas quedaron en pie doce años, objeto de un debate nacional sobre su conservación, y fueron arrasadas en 1883. De la residencia donde el Imperio se escribió día a día solo quedan el jardín, algunas piedras remontadas en otros lugares y el inmenso vacío entre las dos alas del Louvre.