Saint-Domingue, la colonia más rica
En 1789, la colonia francesa de Saint-Domingue, que ocupaba la parte occidental de la isla de La Española, era la más lucrativa de todo el mundo atlántico. Sus plantaciones de azúcar y de café suministraban, según las estimaciones habituales, cerca del 40 % del azúcar que importaban Francia y Gran Bretaña y casi el 60 % del café mundial. Los puertos de Nantes y Burdeos, las refinerías, buena parte del comercio exterior francés: todo ello descansaba sobre el trabajo forzado de unos 450 000 esclavos, frente a unos 40 000 colonos blancos y más de 28 000 libres de color, a menudo propietarios ellos mismos y privados de una igualdad civil que la Revolución tardaba en reconocerles.
El sistema era de una brutalidad que los propios contemporáneos dejaron descrita. La mortalidad era tan elevada que la población esclava solo se sostenía gracias a la trata: buena parte de los esclavos de la isla había nacido en África. En la noche del 21 de agosto de 1791 ardieron las plantaciones del Norte. La insurrección ya no se detendría, y cambió la naturaleza del problema que se planteaba en París: no se trataba ya de reformar un orden colonial, sino de una sociedad en guerra consigo misma, que los españoles al este y los británicos, pronto presentes en la costa, procuraban aprovechar.
La abolición de 1794, una libertad aplicada de forma desigual
Los comisarios civiles enviados por la República, Léger-Félicité Sonthonax y luego Étienne Polverel, no esperaron a la metrópoli. El 29 de agosto de 1793, Sonthonax proclamó la libertad de los esclavos en el Norte; en las semanas siguientes la emancipación se extendió al Oeste y al Sur, en parte para atraer a los insurrectos frente a la invasión extranjera. El 4 de febrero de 1794 (16 de pluvioso del año II), la Convención generalizó la medida: abolió la esclavitud en todas las colonias y declaró ciudadanos franceses a todos los hombres domiciliados en ellas, sin distinción de color. La Constitución del año III, en 1795, convirtió las colonias en partes integrantes de la República.
La aplicación del decreto fue muy desigual. Se llevó realmente a la práctica en Guadalupe, en la Guayana y en Saint-Domingue. En Martinica, ocupada por los británicos desde 1794 hasta 1802, la esclavitud nunca llegó a interrumpirse. En las Mascareñas, las asambleas coloniales se negaron a aplicar el texto y en 1796 expulsaron a los agentes encargados de hacerlo cumplir. La abolición de 1794 no era, pues, en vísperas del Consulado, una realidad uniforme: era una conquista frágil y muy reciente, que muchos plantadores jamás habían aceptado y que la metrópoli, absorbida por la guerra, apenas vigilaba ya.
Toussaint Louverture, dueño de la colonia
Nacido hacia 1743 en una hacienda cercana a Cap-Français, Toussaint, liberto desde antes de la Revolución, participó en la insurrección de 1791 y sirvió después a España. El 18 de mayo de 1794, tras el decreto de abolición, se pasó a la República. Fue nombrado teniente gobernador de la colonia el 31 de marzo de 1796 y comandante en jefe del ejército el 3 de mayo de 1797. Expulsó a los británicos, apartó a los comisarios enviados por París y en 1800 derrotó al general de color André Rigaud, que dominaba el Sur. A comienzos de 1801 ocupó la parte española de la isla, cedida a Francia por el tratado de Basilea de 1795, y proclamó allí la abolición de la esclavitud.
En julio de 1801, una asamblea reunida bajo su dirección adoptó una Constitución para Saint-Domingue. Declaraba la esclavitud abolida «para siempre» y la colonia parte del Imperio francés, pero nombraba a Toussaint gobernador vitalicio, con derecho a designar a su sucesor, y no preveía aprobación alguna por parte de la metrópoli. Para Bonaparte, que había hecho inscribir en la Constitución del año VIII (artículo 91) que las colonias se regirían por leyes especiales, aquello era tanto una provocación como una toma del poder. Para los antiguos esclavos, era la garantía de que no volverían a las plantaciones.
Toussaint no era solo un jefe militar. Intentó reactivar la economía imponiendo a los cultivadores, ya libres y retribuidos con una parte de los ingresos, un régimen de trabajo muy estricto en las grandes propiedades, dirigidas a veces por antiguos amos: la libertad jurídica iba acompañada de una disciplina militar que no agradaba a todos. Esta contradicción, entre la abolición de principio y el mantenimiento de las plantaciones de exportación, explica en parte que algunos de sus propios generales acabaran uniéndose a Leclerc.
Bonaparte ante la cuestión colonial
Los historiadores siguen debatiendo qué pretendía exactamente Bonaparte. A finales de 1799, los cónsules habían asegurado a los negros de Saint-Domingue que su libertad no se pondría en entredicho. Pero el Primer Cónsul estaba rodeado de partidarios de recuperar el control: los antiguos propietarios, muchos de ellos refugiados en Francia, y el almirante Decrès, ministro de Marina. La influencia que se atribuye a Josefina, criolla de Martinica, forma parte de ese debate, sin que pueda medirse su peso exacto. El abate Grégoire y algunos otros alzaron la voz contra cualquier marcha atrás, sin que nadie les escuchara.
La paz con Gran Bretaña, cuyos preliminares se firmaron en Londres el 1 de octubre de 1801 y que desembocó en el tratado de Amiens de marzo de 1802, dejó libres la flota y las tropas. Devolvió además a Francia Martinica, Santa Lucía y Tobago. Bonaparte acariciaba por otra parte un proyecto más amplio: reconstruir en América un conjunto francés, con la Luisiana, recuperada de España, y Saint-Domingue como eje económico. Recobrar la isla era la condición de todo lo demás.
En el caso de Saint-Domingue, la decisión de restablecer la esclavitud no figuró en ninguna orden escrita durante los meses de la expedición. Philippe Girard subraya las vacilaciones de Bonaparte, y ninguna orden escrita de restablecimiento se envió a Saint-Domingue mientras duró la expedición. Una cosa es segura: la expedición se preparó en la ambigüedad. El texto entregado a los habitantes en nombre del Primer Cónsul afirmaba que todos eran libres e iguales, cualquiera que fuese su color; pero el general encargado de ejecutarla era el cuñado de Bonaparte, y su misión consistía en devolver la isla a la autoridad de la metrópoli, incluida la de un hombre que se comportaba como soberano.
La expedición Leclerc
Charles Victor Emmanuel Leclerc, nacido en 1772, se había casado con Paulina Bonaparte en 1797; era oficial de la campaña de Italia y del 18 de Brumario. El 14 de diciembre de 1801 zarparon de Brest, Lorient y Rochefort varias escuadras al mando del almirante Villaret de Joyeuse. Las escuadras de Tolón y de Cádiz las siguieron en febrero de 1802. Contando estos refuerzos y los del año 1802, se superaron los 40 000 hombres, a los que se sumaron contingentes polacos enviados a partir de la primavera.
A principios de febrero de 1802, la flota apareció ante El Cabo. Henri Christophe, que mandaba allí, se negó a entregar la ciudad sin orden de Toussaint y prefirió incendiarla antes que cederla. Leclerc desembarcó, se instaló entre las ruinas e inició una campaña que, sobre el papel, debía ser rápida. En la práctica, pronto derivó en una guerra de asedio y de desgaste. En la Crête-à-Pierrot, fuerte del Artibonite defendido por Dessalines, las tropas francesas lanzaron el asalto en marzo y sufrieron graves pérdidas antes de que los defensores evacuaran la plaza.
La fiebre amarilla, que golpeó primero a las tropas recién desembarcadas, iba a pesar todavía más. Se llevó a miles de hombres en pocas semanas, y el historiador Renaud Piarroux ha mostrado su papel; Bernard Gainot y Mayeul Macé recuerdan, sin embargo, que fueron los insurrectos quienes vencieron a los franceses, y no la enfermedad por sí sola. Los generales negros, por su parte, dudaban. Christophe y después Dessalines se unieron a Leclerc en primavera, tras meses de combates. El 6 de mayo de 1802, Toussaint aceptó a su vez deponer las armas; obtuvo permiso para retirarse a sus tierras, conservando su grado y con la promesa de que se respetaría su libertad.
La ley del 20 de mayo de 1802
Catorce días más tarde, el gobierno hizo votar en París la ley del 30 de floreal del año X (20 de mayo de 1802), que restablecía la esclavitud en una parte del imperio colonial. Su texto era breve. El artículo primero disponía que, en las colonias restituidas a Francia en cumplimiento del tratado de Amiens, la esclavitud se mantendría conforme a las leyes y reglamentos anteriores a 1789. El artículo II extendía ese régimen a las demás colonias francesas situadas más allá del cabo de Buena Esperanza, es decir, a las Mascareñas. El artículo III restablecía la trata según las normas anteriores a 1789. El artículo IV, por último, sometía durante diez años el régimen de las colonias a los reglamentos que dictara el gobierno.
La ley no mencionaba ni Guadalupe, ni la Guayana, ni Saint-Domingue. No restablecía, pues, al pie de la letra la esclavitud allí donde había sido abolida; la confirmaba en Martinica, Santa Lucía, Tobago y las Mascareñas, donde nunca había cesado. Pero nadie, ni en París ni en las colonias, se llamaba a engaño: el texto consagraba el regreso al antiguo orden y, mediante el artículo IV, otorgaba al gobierno un margen casi total para lo demás. Se aprobó por amplia mayoría, 54 votos contra 27 en el Tribunado y 211 contra 63 en el Cuerpo Legislativo, tras unos debates en los que la oposición siguió siendo minoritaria. El Senado, por su parte, había advertido que ese régimen de varias velocidades podía chocar con la Constitución, lo que llevó a simplificar el texto.
La distancia entre la letra de la ley y la práctica merece subrayarse. Permitía al gobierno avanzar por decretos, colonia por colonia, sin enfrentarse nunca públicamente a la cuestión de la abolición de 1794. Esta prudencia formal no atenúa el alcance de la decisión: volver atrás sobre una abolición proclamada ocho años antes no tenía nada de anodino.
Guadalupe: Delgrès y Matouba
En Guadalupe, los acontecimientos se precipitaron. El general Antoine Richepance llegó el 5 de mayo de 1802 con un cuerpo expedicionario a una colonia en la que parte de los mandos militares eran oficiales de color, como el coronel Magloire Pélage y el comandante Louis Delgrès. Nacido en 1766 en Saint-Pierre de Martinica, Delgrès era un hombre libre de color, oficial de milicias y después de los ejércitos de la República. Consideró inevitable el regreso de la esclavitud y optó por resistir.
El 10 de mayo de 1802 publicó una proclama titulada «Al universo entero, el último grito de la inocencia y de la desesperación», en la que recordaba que la resistencia a la opresión es un derecho natural. Sus tropas se replegaron hacia el paraje de Matouba, cerca de Basse-Terre, donde quedaron cercadas. El 28 de mayo, Delgrès y unos 300 compañeros prefirieron volar su posición antes que rendirse, bajo la divisa «Vivir libre o morir». La represión que siguió fue durísima. Richepance, alcanzado a su vez por la fiebre amarilla, murió en septiembre.
Lo que vino después fue obra de la administración. Un decreto consular del 16 de julio de 1802 (27 de mesidor del año X) sometió Guadalupe al régimen de 1789 sin pronunciar la palabra esclavitud, y un segundo decreto, al día siguiente, retiró la ciudadanía a casi todos los libres de color. El primero no se promulgaría en la isla hasta mayo de 1803. En la Guayana, un decreto del 7 de diciembre de 1802 instauró la «conscripción de barrios», que restablecía de hecho la esclavitud. Por estos caminos indirectos, el gobierno alcanzó su objetivo sin proclamarlo jamás.
Saint-Domingue: del arresto de Toussaint a Vertières
En Saint-Domingue, Leclerc consideró que no podía dejar a Toussaint en libertad. El 7 de junio de 1802, pese a la promesa hecha en el momento de la sumisión, ordenó su arresto. Embarcado en la fragata La Créole y después en Le Héros, Toussaint fue trasladado a Francia y encerrado en el fuerte de Joux, cerca de Pontarlier, en el alto Doubs, donde murió aislado el 7 de abril de 1803. La tradición refiere que, al subir a bordo, habría declarado: «Al derribarme, en Saint-Domingue solo se ha abatido el tronco del árbol de la libertad de los negros; volverá a brotar de las raíces, porque son numerosas y profundas». La frase, de fuente incierta, pertenece en parte a la leyenda, pero expresa bien lo que estaba por ocurrir.
Desde el verano, la noticia del restablecimiento de la esclavitud en Guadalupe, conocida o temida, terminó de convencer a los cultivadores de que su libertad estaba amenazada. Dessalines y Christophe, que se habían sometido, cambiaron de bando en otoño y se pusieron al frente de un ejército llamado «indígena», en el que se reunían antiguos soldados de Toussaint, cultivadores y desertores, entre ellos algunos polacos que se habían pasado al otro lado. Leclerc murió de fiebre amarilla a comienzos de noviembre de 1802. Su sucesor, Donatien de Rochambeau, libró una guerra aún más brutal y chocó con una resistencia ya generalizada.
La reanudación de la guerra entre Francia y Gran Bretaña, en mayo de 1803, privó al cuerpo expedicionario de refuerzos y abrió el mar a los navíos británicos. El 18 de noviembre de 1803, en Vertières, cerca de El Cabo, las tropas de Dessalines derrotaron a los franceses. Rochambeau capituló al día siguiente y se entregó a una escuadra británica, que lo internó en Gran Bretaña; los últimos soldados abandonaron la isla el 4 de diciembre, desde el Môle Saint-Nicolas. El 1 de enero de 1804, en Gonaïves, Dessalines proclamó la independencia con el nombre de Haití, primer Estado nacido de una rebelión de esclavos.
La pérdida de Saint-Domingue pesó sobre toda la política americana de Bonaparte. El fracaso se anunciaba ya cuando la Luisiana fue cedida a los Estados Unidos, en la primavera de 1803, pocas semanas antes de la ruptura con Londres: sin Saint-Domingue, el proyecto americano de Bonaparte perdía su base. El coste humano fue enorme: decenas de miles de soldados, la mayoría víctimas de la enfermedad, no regresaron, y habrían perecido veintisiete de los sesenta generales enviados. Los balances varían según las fuentes, pero todos coinciden en la magnitud de la catástrofe.
Una herencia pesada
En la propia metrópoli, el gobierno adoptó medidas reveladoras del clima del momento. Un decreto del 13 de mesidor del año X (2 de julio de 1802) prohibió la entrada en el territorio continental a los negros y a las gentes de color sin autorización especial, y una ordenanza del prefecto de policía Dubois, en octubre, la convirtió en fundamento de detenciones en París. Ciertamente, la esclavitud no se practicaba en Francia, pero el poder consular asumía ya unas distinciones de color que la Revolución había abolido.
El restablecimiento de 1802 no fue el final de la historia. Durante los Cien Días, un decreto del 29 de marzo de 1815 abolió la trata, sin efecto práctico, puesto que el reinado terminó tres meses después. Francia no reconoció la independencia de Haití hasta 1825, bajo Carlos X, a cambio de una indemnización de 150 millones de francos, reducida a 90 millones en 1838. La esclavitud quedó definitivamente abolida en las colonias francesas por el decreto del 27 de abril de 1848, a iniciativa de Victor Schœlcher. En 2001, la ley del 21 de mayo, conocida como ley Taubira, reconoció la trata y la esclavitud como crímenes contra la humanidad.
Para los historiadores, el juicio de fondo apenas ofrece dudas: el restablecimiento de la esclavitud es una de las decisiones más graves del Consulado. Los debates versan más bien sobre sus motivos, sobre la parte de responsabilidad de Bonaparte, sobre el papel de los intereses coloniales y sobre la idea, a veces sostenida, de una expedición destinada ante todo a restablecer la autoridad francesa y no el antiguo orden. El trágico final de Toussaint Louverture, la rebelión de Delgrès y la victoria de Vertières han convertido en todo caso aquellos meses de 1802 en un momento fundacional de la memoria antillana y haitiana. Para la imagen de Napoleón, sigue siendo uno de los reproches más graves que se le dirigen.
Para saber más
- Yves Benot, La Démence coloniale sous Napoléon, La Découverte, 1992.
- Marcel Dorigny (dir.), Les Abolitions de l'esclavage, de L. F. Sonthonax à V. Schœlcher, 1793, 1794, 1848, Presses universitaires de Vincennes / UNESCO, 1995.
- Philippe Girard, The Slaves Who Defeated Napoleon. Toussaint Louverture and the Haitian War of Independence, 1801-1804, University of Alabama Press, 2011.
- Laurent Dubois, Avengers of the New World. The Story of the Haitian Revolution, Harvard University Press, 2004.
- Frédéric Régent, La France et ses esclaves. De la colonisation aux abolitions, 1620-1848, Grasset, 2007.
- Thierry Lentz, Nouvelle histoire du Premier Empire, t. I, Napoléon et la conquête de l'Europe, 1799-1807, Fayard, 2002.