La elección del lugar es un razonamiento político completo. Reims es la catedral de los reyes: coronarse allí sería declararse heredero de los Borbones. Notre-Dame es la catedral de la capital, la de la nación más que la de la dinastía. Salía además de diez años de abandono: transformada en templo de la Razón en 1793, despojada, usada como almacén, no había sido devuelta al culto hasta después del Concordato.
Percier y Fontaine enmascararon el estado del edificio. Ante la fachada levantaron un pórtico neogótico de armazón y cartón piedra, entelaron la nave de terciopelo y galerías, instalaron dos tronos — uno a la altura del coro, otro al fondo de la nave, sobre una escalera de veinticuatro peldaños, para la apoteosis final. La catedral medieval sirvió de casco a un decorado neoclásico.
Pío VII había hecho el viaje, cosa que ningún papa había concedido a un rey de Francia en siglos; sin embargo solo ungiría y bendeciría. Napoleón tomó él mismo la corona y se la puso en la cabeza, y luego coronó a Josefina arrodillada ante él — el gesto sobre el que David construyó todo su cuadro, acabado en 1807, donde añadió a Letizia, que no asistió a la ceremonia.
La catedral serviría aún: el bautizo del rey de Roma se celebró allí el 9 de junio de 1811. Pero el Imperio no la restauró. Harían falta la novela de Victor Hugo en 1831 y luego las obras de Viollet-le-Duc a partir de 1844 para salvar el edificio. El Imperio se sirvió de Notre-Dame como de un decorado, y la dejó en el estado en que la había encontrado.