Sieyès, despojado de su propio proyecto
Desde hacía años, Sieyès esbozaba una constitución en la que el ejecutivo, reducido a un «Gran Elector» sin tropas ni presupuesto propios, se limitaría a nombrar a dos cónsules encargados del gobierno real, antes de retirarse él mismo a un dorado retiro. Bonaparte, que había protagonizado el golpe de Brumario junto a él pero pretendía recoger solo los frutos, rechazó de plano ese puesto decorativo: lo comparó, en una frase que ha quedado célebre, con el cebado de un «cerdo» alimentado con millones para no hacer nada. Sieyès cedió. El Gran Elector desapareció del texto definitivo; sus prerrogativas electorales pasaron al recién creado Senado conservador, donde el propio Sieyès y Roger-Ducos, segundo y tercer cónsules salientes, se sentaron como miembros fundadores —una recompensa honorífica para un proyecto vaciado de su sustancia—. La Constitución, concluida el 22 de frimario del año VIII y promulgada el 24 de diciembre de 1799, conservó su arquitectura institucional, pero no su idea del poder.
Tres cónsules, un solo amo
El texto confiaba el ejecutivo a tres cónsules elegidos por diez años, pero la igualdad se detenía en la palabra: Bonaparte, Primer Cónsul, proponía él solo las leyes y nombraba y destituía él solo a ministros, generales, jueces y prefectos, mientras que Cambacérès y Lebrun, segundo y tercer cónsules, solo tenían un voto consultivo registrado en un libro. El poder legislativo se repartía entre cuatro órganos para que ninguno pudiera convertirse en una asamblea rival: el Consejo de Estado redactaba los proyectos bajo la dirección del Primer Cónsul, el Tribunado los discutía sin votarlos, el Cuerpo Legislativo los votaba sin discutirlos, y el Senado conservador, ochenta miembros cooptados de por vida, se limitaba a garantizar su constitucionalidad. Esta fragmentación calculada, en la que deliberar y decidir nunca coincidían, resume por sí sola el espíritu del régimen: el propio Sieyès había formulado su máxima —«la confianza viene de abajo, el poder viene de arriba»— sin sospechar que beneficiaría a otro.
Un sufragio vaciado de su objeto
Sobre el papel, la Constitución restablecía el sufragio universal masculino. En la práctica, los ciudadanos ya no votaban por candidatos sino por listas de confianza: una décima parte de los votantes comunales formaba la lista comunal, una décima parte de esta la lista departamental, y una décima parte de esta última la lista nacional —un fondo de unos pocos miles de nombres del que el poder elegía después, sin otra consulta, a los miembros del Tribunado, del Cuerpo Legislativo y de los grandes cargos públicos—. El texto se sometió al pueblo mediante un plebiscito en febrero de 1800; el 7 de febrero, Lucien Bonaparte, ministro del Interior y hermano del Primer Cónsul, proclamó un resultado aplastante: 3.011.007 síes contra 1.562 noes. El historiador Claude Langlois demostró en 1972 que estas cifras habían sido infladas —el total real de síes emitidos rondaba más bien 1,55 millones—, un fraude sin consecuencias, pues el resultado, en un sentido o en otro, nunca estuvo en duda.
Véase también
Para profundizar
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