Construido en el siglo XVIII para la duquesa de Borbón, el palacio pasó a bien nacional y albergó desde 1798 las asambleas: el Consejo de los Quinientos y luego, a partir de la Constitución del año VIII, el Cuerpo legislativo. El dispositivo institucional ideado por Sieyès y volteado por Bonaparte separaba allí cuidadosamente las funciones.
El principio era simple y vacío: el Tribunado discutía los proyectos de ley pero no votaba, el Cuerpo legislativo votaba pero no discutía. Sus trescientos miembros escuchaban a los oradores del gobierno y depositaban una papeleta. Se los llamaba los mudos. En 1807, juzgando al Tribunado todavía demasiado hablador, Napoleón lo suprimió sin más: quedó solo una cámara que aprobaba.
A esa asamblea le regaló en 1806-1810 una fachada monumental de doce columnas corintias, diseñada por Bernard Poyet para responder, al otro lado del Sena, a la Magdalena transformada en templo de la Gloria. El decorado de la representación nacional se acabó antes de que la representación misma existiera.
Los mudos hablaron una vez. En diciembre de 1813, cuando los coaligados se acercaban, una comisión del Cuerpo legislativo redactó un informe reclamando la paz y el respeto de las libertades civiles y políticas. Napoleón hizo incautar el texto, aplazó la cámara y trató a sus autores de facciosos ante la corte. Es la única fronda parlamentaria del Imperio, tres meses antes de su caída. El palacio alberga hoy la Asamblea Nacional.