Orígenes y creación
A finales de noviembre de 1812, la caballería de la Grande Armée había casi dejado de existir. El frío, la falta de forraje y las marchas forzadas habían matado a la mayoría de los caballos; regimientos enteros, sin monturas, quedaban reducidos a cuadros. Muchos oficiales de caballería caminaban a pie, sus hombres habían desaparecido. Unos pocos, sin embargo, habían salvado su caballo.
Con ellos se constituyó hacia el 23 de noviembre una escolta para el Emperador. Las fuentes sitúan el episodio cerca del Bobr, quizá en Borísov, en vísperas del paso del Berézina (26-29 de noviembre). No se ha hallado ninguna orden escrita de creación ni una relación nominal de conjunto: los papeles del estado mayor de Berthier pudieron perderse en la retirada. Es posible, pues, que la formación se hiciera de viva voz.
Organización y efectivos
El Boletín n.º 29 de la Grande Armée, fechado en Molodechno el 3 de diciembre de 1812, describe una unidad de cuatro compañías de ciento cincuenta hombres, es decir, seiscientos jinetes. Los historiadores modernos son más prudentes: David Chandler, por ejemplo, habla de unos quinientos. La cifra del boletín pertenece tanto a la comunicación como al recuento, y conviene leerla como un orden de magnitud.
La singularidad de la unidad residía en su jerarquía invertida. Solo servían en ella oficiales: los que no habían alcanzado el grado de coronel montaban como simples jinetes, los coroneles ejercían las funciones de suboficiales y los generales las de capitanes. Este descenso voluntario, que el boletín subraya, habla de la gravedad del momento tanto como de la disciplina de un cuerpo que ya no tenía tropa que mandar.
El mando se atribuye generalmente al general de división Emmanuel de Grouchy, a las órdenes de Murat, rey de Nápoles, que dirigía entonces la caballería. La tradición cita entre los generales y oficiales superiores implicados a La Tour-Maubourg, La Grange, Rambourgt, Fernig y Castellane; las listas varían, sin embargo, de un autor a otro, y algunas identificaciones siguen siendo inciertas.
Papel y servicio
La misión era sencilla y sin brillo: no perder de vista al Emperador. El boletín lo dice a su manera, anotando que el escuadrón «no perdía de vista» a Napoleón en sus desplazamientos. No tenía carga que dirigir ni posición que mantener; su papel era el de una guardia cercana, en un momento en que la propia Guardia a caballo estaba agotada y el riesgo de una sorpresa de los cosacos sobre la columna imperial era muy real.
El escuadrón acompañó así al cuartel general en el paso del Berézina y luego en las etapas hacia Molodechno y Vilna. Napoleón dejó el ejército el 5 de diciembre para volver a París, y cedió el mando a Murat. La escolta le sobrevivió apenas unos días.
Un nombre que entró en la leyenda
El nombre de «Escuadrón sagrado» procede del propio Boletín n.º 29, primer texto oficial que dejó entrever a Francia la magnitud del desastre. Remite al antiguo Batallón Sagrado de Tebas, cuerpo de élite célebre por su fidelidad: la alusión erudita podía halagar a unos oficiales a quienes la suerte había reducido al rango de jinetes, y situaba el episodio en el registro del sacrificio heroico. La expresión se aplicaría después a otras tropas de élite reunidas en las derrotas.
Para Napoleón, que cuidaba entonces su imagen, el relato ofrecía un consuelo: el de un ejército cuyos jefes, generales incluidos, aceptaban servir como simples soldados en torno a su soberano.
Disolución y memoria
Según la historiografía, el Escuadrón sagrado fue disuelto el 10 de diciembre de 1812 en Kovno, tras unos diecisiete días de existencia, cuando el ejército volvió a cruzar el Niemen y la razón de ser de la escolta desapareció. Algunos de sus miembros, como Castellane, dejaron valiosas memorias de la campaña.
Breve y mal documentada, esta tropa sin regimiento ni bandera no tiene ninguna hazaña de armas en su haber. Conserva, con todo, un lugar aparte en la memoria de 1812, porque reúne en una sola fila lo más trágico de la retirada: una caballería sin caballos, jefes sin tropas y un emperador que, para atravesar Lituania, confiaba en sus propios oficiales.