Acre domina la ruta de Damasco y el litoral sirio. La defendía Ahmed Djezzar, gobernador otomano célebre por su crueldad, y sobre todo la apoyaba el mar: el comodoro británico Sidney Smith fondeaba allí con dos navíos e interceptó, desde el comienzo del asedio, los barcos que transportaban la artillería pesada francesa a lo largo de la costa.
Esa fue la clave del fracaso. Privado de sus piezas de sitio, el ejército tuvo que abrir brecha con cañones de campaña demasiado débiles, mientras la plaza recibía por mar víveres, municiones y refuerzos. La defensa la organizaba además Antoine Le Picard de Phélippeaux, oficial emigrado y antiguo condiscípulo de Bonaparte en Brienne y en la Escuela militar — uno de los pocos hombres que lo vencieron.
Ocho asaltos se sucedieron entre el 28 de marzo y el 10 de mayo. Los granaderos alcanzaron varias veces la brecha y fueron rechazados; Caffarelli y Bon murieron allí, Lannes fue herido. La peste circulaba por las trincheras. El 21 de mayo se levantó el sitio y el ejército emprendió hacia Egipto una retirada terrible, bajo el calor, con sus enfermos.
De ello guardaría un lamento formulado varias veces: esa covacha cambió el destino del mundo. El razonamiento supone que, tomada Acre y sublevada Siria, la India habría sido alcanzable. Lo cierto es más modesto: es el primer fracaso militar de un comandante de veintinueve años, y tres meses después eligió volver a Francia, donde le esperaba el 18 de Brumario.