El decreto imperial del 12 de junio de 1804 sobre las sepulturas es uno de los textos más reveladores del régimen: prohibía inhumar en las iglesias y dentro de las ciudades, imponía cementerios extramuros, creaba las concesiones perpetuas y daba a cada difunto derecho a una fosa individual. Era una reforma de higiene pública, de policía y de derecho civil en una sola medida.
El cementerio del Este abrió unas semanas antes, el 21 de mayo de 1804, en el antiguo dominio del confesor de Luis XIV, el padre La Chaise. Brongniart, arquitecto de la Bolsa, trazó avenidas sinuosas en una colina plantada — un jardín más que una necrópolis. El éxito no llegó: el barrio era excéntrico y popular, y solo hubo unas decenas de inhumaciones el primer año.
La administración organizó entonces una operación de prestigio. En 1817 se trasladaron allí con pompa los restos presuntos de Molière y La Fontaine, y los de Abelardo y Eloísa bajo una tumba neogótica. La maniobra funcionó más allá de lo esperado: las concesiones se vendieron, el cementerio se puso de moda y luego fue lugar de peregrinación literaria y política.
El Imperio dejó allí buena parte de su estado mayor: Ney, fusilado en 1815, Masséna, Lefebvre, Davout, Kellermann, Suchet, Pérignon, Sérurier y centenares de generales y altos funcionarios. Al fondo, el muro de los Federados recuerda los fusilamientos de mayo de 1871. Un decreto de 1804 sobre higiene produjo, sin quererlo, el mayor lugar de memoria de París.