Una semana después de Borodinó el ejército divisó las cúpulas desde la colina de los Gorriones. Pero la delegación de notables esperada no llegó: el gobernador Rostopchin había hecho evacuar la ciudad. De trescientos mil habitantes quedaban quizá quince mil. Napoleón entró el 14 de septiembre en una capital silenciosa y se instaló en el Kremlin.
Los incendios comenzaron en la noche del 15. Las bombas habían sido retiradas o destruidas, presidiarios liberados circulaban con mechas, el viento se levantó. En cuatro días desaparecieron dos tercios de la ciudad, hecha de madera. Napoleón tuvo que salir del Kremlin entre las llamas y replegarse al palacio Petrovski. Gritó a la barbarie; Rostopchin negó primero y luego reivindicó.
Siguieron treinta y cinco días de inmovilidad. Escribió tres veces a Alejandro, envió a Lauriston ante Kutúzov, esperó una negociación que nada anunciaba. El zar había hecho saber que no habría paz mientras quedara un soldado francés en suelo ruso. Entretanto la caballería perdía sus caballos, el ejército saqueaba y el invierno se acercaba.
La salida tuvo lugar el 19 de octubre. Rechazado hacia la ruta devastada de Smolensko tras Maloyaroslavets, el ejército emprendió la retirada que lo destruiría: el frío, los cosacos, el Beresina a fines de noviembre. De los seiscientos mil hombres empeñados, algunas decenas de miles volvieron a cruzar el Niemen. Moscú es la victoria que no sirve de nada — la demostración de que un imperio no se toma por su capital.