La tarde del 7 de marzo de 1815, tras la adhesión de Laffrey, la columna se presentó ante Grenoble. El gobernador había hecho cerrar las puertas, pero la guarnición se negó a disparar y la población intervino: se derribó la puerta de Bonne a golpes de viga. A falta de llaves, los habitantes llevaron a Napoleón los restos de la puerta derribada — los guardaría como trofeo.
La ciudad le dio lo que le faltaba. Hasta entonces tenía mil hombres y una apuesta; partió con siete mil soldados, artillería, un arsenal y una plaza fuerte de primer orden. La frase que pronunció en Santa Elena resume exactamente el vuelco: «Antes de Grenoble yo era un aventurero; en Grenoble fui un príncipe.»
La elección de la ciudad no fue casual. El Delfinado había seguido apegado a la herencia revolucionaria y soportaba mal el regreso de los privilegios; la guarnición estaba formada por veteranos puestos a media paga por la Restauración. Grenoble ya había dado la señal en 1788, en la jornada de las Tejas, uno de los primeros motines que anunciaron la Revolución.
De Golfo-Juan a Grenoble, el itinerario de marzo de 1815 lleva hoy el nombre de ruta Napoleón, abierta en 1932 y jalonada de águilas en las etapas. El trayecto duró seis días; bastó uno para que la empresa dejara de ser una aventura.