Alta prenda de piel negra heredada de los granaderos del siglo XVII, el gorro de piel de oso dio a la Vieja Guardia una silueta inconfundible, desde la litografía de Raffet hasta los cuadros de Waterloo.
Orígenes y antecedentes
En la litografía que Auguste Raffet publica en 1836, una columna de granaderos avanza bajo la lluvia, por el barro, tras un jinete en levita. Primero se distinguen los rostros, luego lo que los domina: altos gorros negros, apretados unos contra otros como un bosque. Ninguna otra prenda de cabeza del Primer Imperio evoca tan deprisa a la Vieja Guardia como este gorro de piel de oso.
Su historia empieza mucho antes de Napoleón. En el siglo XVII, los granaderos, soldados escogidos para lanzar granadas a mano, tenían dificultades para manejar su arma con un sombrero de anchas alas. La explicación tradicional sostiene que adoptaron entonces un gorro sin alas, más cómodo, que después se alargó y se cubrió de piel. Sea el relato exacto o simplificado, el resultado es conocido: ya en el siglo siguiente, el gorro de piel distingue en toda Europa a las compañías de élite de la infantería.
Nacimiento del símbolo imperial
La Revolución no lo suprime. Los granaderos de los ejércitos de la República conservan su gorro, y cuando la Guardia de los cónsules se organiza, a finales de 1799, en torno a sus granaderos de a pie, lo recupera como signo de distinción. En 1804 la Guardia se hace imperial y el gorro la acompaña sin que haga falta inventar nada: el objeto ya es familiar y solo tiene que cambiar de dueño.
El modelo de la Guardia es una alta prenda de piel negra, lo bastante amplia para envolver la cabeza y subir muy por encima de la frente. Por delante, una placa de cobre, cuyo adorno varió según las épocas y los modelos, atrapa la luz. Un plumero rojo, un cordón blanco rematado en borlas, una escarapela tricolor y un faldón de paño rojo que cuelga por detrás completan el conjunto, que hace del infante una silueta casi arquitectónica.
Usos oficiales
El efecto buscado era tanto psicológico como militar. El gorro añadía estatura a hombres ya escogidos por su talla y daba a las filas cerradas aspecto de muralla. En el combate no servía de nada: pesaba, se empapaba y temía la lluvia más de lo que protegía de un sablazo. Pero el ejército de Napoleón sabía lo que vale un uniforme que impresiona antes de que se dispare.
Por eso se llevaba con cuidado. En campaña, el gorro se cubría de buen grado con una funda de tela, y en el uniforme de servicio ordinario lo sustituía el bicornio. La piel se reservaba para los días que importaban: revistas, entradas en las ciudades, ceremonias, jornadas de batalla en que la Guardia se mostraba. Esa rareza contribuía mucho a su prestigio, pues apenas conmueve lo que se ve todos los días.
En el ejército y en combate
No era privilegio exclusivo de los granaderos de a pie de la Guardia. Los cazadores de a pie de la Guardia lo llevaban también, con un plumero que distinguía su arma, igual que los granaderos a caballo, a quienes se ve con gorro de piel en Eylau, en la carga dirigida por Lepic, y los zapadores, que añadían la barba poblada, el delantal de cuero y el hacha. En la infantería de línea, las compañías de granaderos aún lo lucían a comienzos del Imperio, antes de que el chacó se impusiera hacia 1807.
Llevar este gorro era pertenecer al cuerpo más respetado del ejército. Se entraba en él tras varias campañas y largos años de servicio, y la Guardia disfrutaba de una paga, un rango y unos cuidados que la situaban por encima del resto de la infantería. Los hombres, a su vez, se sabían observados. Su apodo de «grognards», los gruñones, viene de la libertad que se tomaban de quejarse en voz alta, incluso ante el Emperador, sin flaquear nunca a la hora de marchar.
Propaganda y representación
Ese vínculo afectivo es el que fija Raffet en 1836, quince años después de la muerte de Napoleón, bajo un título que se hizo proverbial: Gruñían, y aun así lo seguían siempre. Nacido en 1804, no conoció las campañas, pero pertenece a la generación de artistas que, con Charlet y algunos otros, contribuyeron bajo la monarquía de Julio a fijar la figura del viejo soldado del Imperio. En sus imágenes, el gorro de piel funciona como un signo de reconocimiento inmediato.
La campaña de Rusia ofrece la prueba más dura. En 1812, la Vieja Guardia sigue al Emperador hasta Moscú y emprende con él el camino hacia el oeste, y cuando el ejército se deshace, sigue siendo uno de los pocos cuerpos que mantienen sus filas. En Krasnoi, a mediados de noviembre, sus batallones aún avanzan en orden entre los cosacos, algo que muchos testigos recuerdan tanto como el desorden de alrededor.
Posteridad y colecciones
El 18 de junio de 1815, es la Guardia la que se lanza al final de la jornada contra la meseta de Mont-Saint-Jean. Sus batallones suben la pendiente bajo la metralla, retroceden, y luego unos cuantos cuadros de la Vieja Guardia cubren la retirada en torno a La Belle-Alliance. La célebre frase atribuida a Cambronne, «La Guardia muere y no se rinde», es con toda probabilidad una leyenda, pero, como todas las leyendas, dice lo que se quería ver.
El gorro de piel sobrevive al Imperio. Napoleón III lo restablece en 1854 para los granaderos de su propia Guardia imperial, y varios ejércitos europeos hacen de él un atributo de ceremonia. En Gran Bretaña, el 1.er regimiento de Foot Guards recibe en 1815 el título de Grenadier Guards, que la tradición vincula con su resistencia a la Guardia imperial en Waterloo; los guardias a pie británicos aún llevan el bearskin ante los palacios reales, un uso en ellos más antiguo que esa victoria.
Memoria y debates
El gorro no es un símbolo aislado: su placa, sus cordones y su granada recogen el vocabulario de la granada a la francesa, con la que comparte origen. A través de él, el régimen escenifica un modelo de soldado, el hombre de experiencia, disciplinado y fiel. La imagen es halagadora y tiene un reverso: la Guardia era valiosa, y por tanto resguardada, y en el Moscova Napoleón se negó a emplearla pese a las peticiones de sus mariscales, una decisión aún discutida.
Para Empire Napoléon, el gorro de piel de oso muestra que un régimen puede poner un símbolo en la cabeza de sus soldados como en sus banderas: en él se lee de un vistazo lo que el Emperador esperaba de sus mejores hombres y lo que estos le devolvían. Basta entrever su silueta en la bruma de una litografía para entender por qué la leyenda napoleónica se reconoció tan bien en él.
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