Residencias imperiales

Versalles y el Gran Trianón

La herencia real reutilizada

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Napoleón se negó a habitar Versalles, demasiado real y demasiado caro, pero hizo amueblar de nuevo el Gran Trianón en 1810. El resultado es hoy el conjunto mobiliario Imperio más completo conservado en Francia.

El gran castillo planteaba un problema político tanto como financiero. Habitarlo era declararse sucesor de los Borbones ante una Francia que había hecho la Revolución; restaurarlo suponía sumas que ni la lista civil imperial podía absorber. Napoleón mandó hacer presupuestos, pensó en un palacio imperial, luego en un museo, y dejó dormir el proyecto.

Eligió el Gran Trianón, más pequeño, más manejable, sin memoria de corte. El nuevo amueblamiento de 1809-1810, preparado para la llegada de María Luisa, movilizó a Jacob-Desmalter, las sedas de Lyon y los broncistas parisinos. Dormitorios, salones, sala de los espejos, galería de los Cotelle: el conjunto se entregó deprisa y con una coherencia de estilo poco común.

La pareja imperial residió allí varias veces entre 1810 y 1813. El Pequeño Trianón se puso a disposición de Paulina Borghese; otros edificios del dominio sirvieron de dependencias administrativas. El Versalles vacío servía de reserva: de allí se sacaban muebles y cuadros para guarnecer los demás palacios.

La paradoja es duradera. Por haber sido amueblado de una vez y poco modificado después, el Gran Trianón conserva hoy, mejor que Fontainebleau o Compiègne, el aspecto exacto de una residencia imperial de 1810. El Imperio no quiso Versalles, pero fue en Versalles donde dejó su interior más intacto.

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