Smolensk domina la ruta de Moscú, en el alto Dniéper, tras una muralla de ladrillo de seis kilómetros construida a principios del siglo XVII. Los días 16, 17 y 18 de agosto de 1812 Napoleón esperaba forzar allí la batalla campal que los rusos le negaban desde hacía dos meses. Bagratión y Barclay de Tolly defendieron la ciudad el tiempo suficiente para desprender sus ejércitos, y luego la evacuaron de noche.
La ciudad ardió. Los arrabales de madera desaparecieron casi por completo; de treinta mil habitantes quedaron unos pocos miles. El ejército entró en unas ruinas vacías y no halló ni víveres, ni interlocutor, ni decisión. Fue allí donde Napoleón vaciló por última vez: invernar en Smolensk o marchar sobre Moscú. Eligió Moscú.
Tres meses después la retirada volvió a pasar por allí. Los almacenes acumulados en Smolensk debían salvar al ejército; fueron saqueados en desorden en pocas horas por hombres que ya no tenían unidades. De esa etapa datan las escenas más duras de las memorias de la campaña — Ségur, Caulaincourt y Bourgogne cuentan todos Smolensk.
La ciudad de hoy muestra aún sus murallas, sus torres y su catedral de la Asunción; un águila de bronce erigida en 1913 conmemora el centenario, y varios monumentos jalonan las murallas. Smolensk ardió una segunda vez en 1941-1943, lo que borró muchas huellas — pero la muralla aguantó dos veces.