Monte Cavallo, residencia de verano de los papas desde finales del siglo XVI, se convirtió en objetivo desde la ocupación de Roma en febrero de 1808. Fue allí donde el general Radet, en la noche del 5 al 6 de julio de 1809, hizo escalar los muros y raptó a Pío VII para conducirlo a Savona. El papa se había ido; el palacio quedaba, y el Imperio decidió instalarse.
Roma acababa de ser anexionada y proclamada segunda ciudad del Imperio; el heredero llevaría el título de rey de Roma. Hacía falta pues una residencia a la altura. Las obras, confiadas a Raffaele Stern y luego a equipos francoitalianos, duraron cuatro años: aposentos imperiales, salas de aparato, decoraciones neoclásicas, encargos a escultores y pintores alimentados por el mecenazgo de Estado.
Canova, requerido como figura tutelar de las artes romanas, sirvió de intermediario en varias de esas obras, no sin reticencias hacia un poder que había encarcelado al papa. Todo estaba listo en 1812 para una visita imperial que la campaña de Rusia, y luego el hundimiento de 1813, impedirían para siempre. Napoleón nunca puso el pie en Roma.
Pío VII volvió en 1814 y recuperó un palacio renovado a costa de su carcelero. El Quirinal sería palacio real en 1871 y residencia de los presidentes de la República italiana en 1946. Las decoraciones encargadas por el Imperio siguen allí a la vista: la huella más costosa de un reinado romano que nunca empezó.