El proyecto se discutió en el Consejo de Estado en la primavera de 1802 y pasó por poco. Las objeciones eran fuertes: la Revolución había abolido las órdenes de caballería, una distinción se parecía a un privilegio, se hablaba de sonajeros. La respuesta de Bonaparte ha quedado, y asume el cinismo: con sonajeros se conduce a los hombres.
Lo nuevo de la orden se resume en tres rasgos. Estaba abierta a los civiles tanto como a los militares; ignoraba el nacimiento, un tambor podía recibirla igual que un mariscal; y llevaba aparejadas rentas, lo que la convertía también en pensión. La primera gran distribución tuvo lugar en el campamento de Boulogne el 16 de agosto de 1804, ante cien mil hombres; la de los Inválidos la había precedido en julio.
La gran cancillería se instaló en 1804 en el palacio de Salm, construido poco antes de la Revolución para un príncipe alemán guillotinado en 1794. Su fachada sobre el Sena, con columnata y rotonda, había gustado tanto a Thomas Jefferson, entonces embajador en París, que se inspiró en ella para Monticello. La orden creó además casas de educación para las hijas y hermanas de legionarios, entre ellas la de Écouen en 1805.
El palacio ardió durante la Comuna en 1871 y fue reconstruido idéntico gracias a las suscripciones de los legionarios. La orden, en cambio, nunca se interrumpió: monarquías, repúblicas e imperios la conservaron todos. De todas las instituciones creadas entre 1800 y 1804, es aquella cuya forma menos ha cambiado en dos siglos.