Bajo el Imperio, los Inválidos no eran aún una tumba: eran un hospital y un cuartel donde acababan los mutilados de la Grande Armée. El 15 de julio de 1804, bajo la Cúpula, Napoleón entregó en persona las primeras cruces de la Legión de Honor — dos mil condecoraciones repartidas ante los veteranos, en una puesta en escena que ligaba la nueva orden a la sangre ya derramada.
El testamento de 1821 es explícito: «Deseo que mis cenizas reposen a orillas del Sena, en medio de ese pueblo francés al que tanto he amado.» Hicieron falta diecinueve años. En 1840, Thiers y Luis Felipe obtuvieron de Londres la autorización para exhumar; el príncipe de Joinville, hijo del rey, fue a buscar el cuerpo a Santa Elena en la fragata La Belle Poule. Al abrir el ataúd, los testigos comprobaron que el cuerpo estaba casi intacto.
El 15 de diciembre de 1840, con diez grados bajo cero, la carroza fúnebre subió los Campos Elíseos de Courbevoie a los Inválidos ante una multitud inmensa. Víctor Hugo, presente, describiría una jornada «magnífica y mediocre» — el fervor popular y el apuro de un rey que ofrecía un triunfo a aquel cuya sombra lo amenazaba.
La tumba diseñada por Visconti no se acabó hasta 1861: un sarcófago de cuarcita roja de Carelia, llamada a menudo pórfido, sobre un zócalo de granito verde, en una cripta abierta que se contempla desde arriba — los visitantes inclinan la cabeza para ver al Emperador. Doce Victorias de Pradier montan guardia. Alrededor reposan José, Jerónimo, los mariscales y, desde 1940, el rey de Roma.