Rivoli es un balcón. El pueblo ocupa una meseta estrecha entre el Adigio, encajado al oeste, y las estribaciones del Monte Baldo al este; las columnas austriacas llegadas del norte debían desembocar por caminos de montaña angostos, sin poder apoyarse. El 14 de enero de 1797 ese relieve contó tanto como las órdenes.
Es hoy uno de los pocos sitios napoleónicos que aún se pueden leer de pie. La viña y el olivo han sustituido a los cultivos de entonces, pero las pendientes, los desfiladeros y la vista sobre el valle son los de 1797. Un obelisco conmemorativo domina la meseta, y se comprende en pocos minutos, sin documentación, por qué un ejército que llegaba del norte perdía allí sus ventajas.
La victoria dio al pueblo una posteridad inesperada. Cuando Percier y Fontaine abrieron en 1802 una gran vía rectilínea a lo largo de las Tullerías, se le dio el nombre de calle de Rivoli: hoy una de las arterias más conocidas de París, y casi nadie hace la relación con esta meseta del Véneto.
El nombre sirvió también de título. Masséna, cuya división fue decisiva aquel día, sería hecho duque de Rivoli en 1808 — uno de los títulos de victoria con que el Imperio transformaba la geografía de sus campañas en nobleza de Estado.