Descubrió la ciudad en 1784 como cadete de la Escuela militar, volvió en 1795 como oficial sin destino que cenaba a crédito y se instaló como amo en 1800. Entretanto había visto un París sublevado, hambriento, termidoriano. Esa experiencia alimentó una obsesión de gobierno: la capital debe ser abastecida, alumbrada, vigilada y embellecida — en ese orden.
La obra utilitaria es la más duradera. El canal del Ourcq trajo agua potable desde 1808; en 1805 las calles recibieron la numeración de pares e impares todavía en uso; los mataderos, las lonjas de vino y los mercados sacaron el alimento del centro; los cementerios pasaron extramuros; se tendieron cuatro puentes, entre ellos los de Austerlitz, Jena y el de las Artes, primer puente metálico de la ciudad.
La obra monumental es más visible y más inacabada. La columna Vendôme se fundió con el bronce de los cañones tomados en Austerlitz; el arco del Carrusel se acabó en 1808, el de la Estrella apenas se empezó; la Magdalena se convirtió en templo de la Gloria; la Bolsa se alzó; el palacio del Rey de Roma, previsto en Chaillot, nunca salió del suelo.
El 31 de marzo de 1814 los coaligados entraron en París y la ciudad capituló sin combatir — lo que Napoleón no perdonó jamás. La capital que quería fabulosa había preferido negociar. Lo que queda de él debe menos a los arcos de triunfo que a los gestos administrativos: el agua, los números, los cementerios, la policía. Haussmann encontraría el terreno ya preparado.