El divorcio se pronunció el 15 de diciembre de 1809 en el gran gabinete de las Tullerías, ante la familia reunida. Josefina conservó el título de emperatriz, una dotación considerable y Malmaison. Napoleón añadió, por decreto de febrero de 1810, el dominio de Navarre y el título de duquesa — una manera de darle un rango propio, independiente del suyo.
El castillo, construido en el siglo XVII sobre tierras que habían pertenecido a Juana de Navarra, es un curioso pabellón cuadrado cubierto por una cúpula que los lugareños llamaban la Olla. Era húmedo, mal calentado, apenas amueblado. Josefina llegó a finales de marzo de 1810, justo cuando María Luisa entraba en Francia: la coincidencia no era casual, se la quería lejos de París y de las ceremonias.
Emprendió obras, mantuvo una pequeña corte de un centenar de personas, plantó, trazó jardines, recibió a sus hijos. Pero se aburría y multiplicó las peticiones para volver a Malmaison, cosa que Napoleón acabó concediendo. Las rentas del ducado sirvieron sobre todo para enjugar deudas que ni una dotación imperial bastaba a cubrir.
El dominio pasó a Eugenio y luego a sus herederos; el castillo fue vendido y demolido en 1834, dispersados sus materiales. Solo quedan el parque, unas dependencias y un canal. Navarre es el lugar que dice el reverso de la boda austriaca: para casarse con una Habsburgo había que hacer desaparecer a una emperatriz — sin deshonrarla, pero sin dejarla a la vista.