El 1 de enero de 1779 Carlos Bonaparte salió de Córcega con sus dos hijos mayores y los dejó en Autun. Los papeles estaban repartidos desde hacía tiempo: José, el mayor, iría a la Iglesia; Napoleón, el segundo, a las armas. El padre había obtenido del gobernador de Córcega y del obispo de Autun los apoyos necesarios para convertir una nobleza corsa recién reconocida en becas reales.
El problema inmediato era la lengua. El niño hablaba corso y algo de italiano; la escuela militar de Brienne exigía francés. Le dieron un preceptor particular, el abate Chardon, que anotaría un alumno de inteligencia rápida pero cerrado, susceptible, incapaz de jugar con los demás. En tres meses aprendió lo bastante para ser admitido.
El acento, en cambio, no se fue nunca. Sus compañeros de Brienne lo apodarían la paille au nez, deformación burlona de Napoleone; en Santa Elena todavía arrastraba las erres. El dominio del francés escrito llegó más tarde, a fuerza de lecturas y copias — su letra siguió siendo célebre por ilegible y su ortografía por aproximada.
Dejó Autun el 21 de abril de 1779 rumbo a Brienne, dejando atrás a José. La ciudad ocupa otro lugar en la historia imperial: nueve años después, un tal Charles-Maurice de Talleyrand-Périgord se convirtió en su obispo, cargo que ocupó el tiempo justo para ser elegido a los Estados Generales.