En el otoño de 1808 España ardía y Napoleón debía ir en persona. Antes de desguarnecer Alemania necesitaba asegurarse de que Austria no se movería y de que Rusia cumpliría su compromiso de Tilsit. De ahí la entrevista de Erfurt, del 27 de septiembre al 14 de octubre: una demostración de poder puesta en escena como espectáculo.
Todo allí fue teatro, en sentido literal. Hizo venir a la Comédie-Française: Talma representó a Racine, Corneille y Voltaire ante una sala donde los reyes de Baviera, Sajonia, Wurtemberg y Westfalia ocupaban el patio. De ahí la expresión célebre de un patio de butacas de reyes. El 2 de octubre recibió a Goethe, le habló del Werther, que decía haber leído siete veces, y soltó al verlo entrar: he ahí un hombre.
Bajo el decorado, la negociación fracasó. Alejandro prometió poco y no se comprometió a nada contra Austria. La razón estaba entre bastidores: Talleyrand, en desgracia pero presente, se veía cada noche con el zar en casa de la princesa de Thurn y Taxis y le aconsejaba mantenerse firme — el soberano de Francia, decía, es civilizado, pero su pueblo no lo es, y toca a Europa resistir. Era una traición caracterizada.
La convención de Erfurt, firmada el 12 de octubre, era una cáscara vacía. Seis meses después Austria atacaba en Baviera mientras Napoleón estaba en España — exactamente lo que Erfurt debía impedir. El encuentro queda como la cima visible del prestigio imperial y el momento en que, sin saberlo, empezó a resquebrajarse.